Corazón  de  Cisne  Negro

Aromas y Sabores… (relato erótico de luna menguante)

Era una tarde soleada de principios de primavera. Corría una brisa fría que hacía tremendamente agradable sentir en la piel el calor de los rayos del sol. Se había levantado una ligera bruma que traía un olor intenso a mar y sal… Era una tarde perfecta. Después de buscar varias alternativas para aprovecharla y no cuajar ninguna, pensó en hacerle una visita. Le apetecía un café.

Cuando llegó, Marco dormía en el sofá una pequeña siesta.
Se levantó al oír el timbre y abrió la puerta.

– “Holaa!!!… Pasa!!….. No tengo café hecho… Lo ponemos en un momento.”

La casa era un pequeño apartamento con salón-cocina separados por una barra americana. Mientras Leyla curioseaba por enésima vez las fotos de la pared, Marco preparó el café: Cogió su vieja cafetera italiana. La enjuago. Llenó con cuidado el depósito del agua. Luego el del café. Un suave olor iba desprendiéndose a cada cucharada. Cerró la cafetera, y la puso en el fuego.

Leyla, mientras, se había sentado en una esquina del sofá a observarlo. Le hacía gracia el cuidado y esmero que ponía en una faena tan cotidiana.

Después de preparar el café, se acercó a ella y se sentó en el suelo, justo a su lado, a esperar.

El café empezó a salir al principio de forma suave para poco a poco ir cogiendo fuerza. Su aroma impregnó todo el salón. Leyla aspiro el olor y miró a Marco sin que él se percatara, sintiendo unas ganas tremendas de acariciarle el pelo, que casi rozaba su brazo.

Él se levantó rápidamente a apagar el café. Preparó unas tazas, el café, azúcar, leche y un par de onzas de chocolate negro. Las llevó hasta la mesa y volvió a sentarse en el suelo.

Leyla se incorporó y sirvió el café.

Para alcanzar mejor pasó sus piernas una a cada lado de él. Entonces se dio cuenta de lo cerca que estaban. El aroma del café subía hasta su cara…., y esa proximidad…,
Se dio cuenta, entonces de lo excitada que estaba.
El silencio se hizo palpable. Un silencio incomodo y agradable a la vez.

Cogió una de las onzas de chocolate y, sin pensarlo, la acercó a la boca de Marco. La miró a los ojos y con su boca entreabierta se acercó al chocolate. Lo mordió y se recostó entre sus piernas: Su pelo rozó la parte más intima de los muslos haciéndole cosquillas. El olor de la piedra de almizcle que ella usaba para perfumarse se coló sus pensamientos. Un olor embriagadoramente dulce.

Se giró y la miró desde el suelo. Llevaba una minifalda estrecha y muy corta que acentuaba sus largas piernas. Acercó la cara a sus piernas y la besó.

Ella mordió la onza de chocolate que tenía entre sus dedos. El sabor amargo y dulce del chocolate impregno todo su paladar y su mente. Le acarició el pelo y se tumbó en el sofá.

En silencio Marco volvió a besarla.

Leyla subió la falda. Él la acaricio suavemente, sintiendo que se le cortaba la respiración. Ella se quitó la ropa interior. Su vello se dejaba entrever por debajo de la falda. Marco siguió acariciándola sintiendo las formas de su monte de Venus… Suavemente…

Sin darse cuenta, sus dedos se colaron. Un estremecimiento la recorrió.

Sus dedos rozaban suavemente lo más delicado. Entrando y saliendo una y otra vez, una y otra vez. Haciendo que ella se arqueara de placer. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… aaahhhh!!!

Leyla se incorporó, lo miró, y lo empujó suavemente hasta tumbarlo en el suelo. Le quitó los pantalones y comenzó a acariciarlo. Sus brazos, su pecho, sus piernas… Despacio, como queriendo colarse en su ropa interior pero esperando que él se lo pidiera. Tocándolo y sintiendo su sexo excitado. El sabor del chocolate seguía dando vueltas en su mente.

Le quitó la ropa interior y lo miró… Era tan bello!!!

Una ráfaga de aire entró por la ventana entre abierta. Venía cargada de mar húmedo y salado. Y se pegó a sus cuerpos semidesnudos.

Leyla acerco su boca a su sexo. El aire y su boca se impregnaron de sabor salado mientras sus labios acariciaban su piel suave.
Marco comenzó a jadear profundamente mientras acariciaba el pelo de Leyla. Su flujo le impregnó la boca. De pronto, la separó de él. El líquido blanco comenzó a salir con fuerza.
Entonces ella lo miró y los dos rompieron a reír.

– “Espera…”

Leyla se levanto. Cogió un pañuelo, y lo limpio suavemente. Se tumbó sobre su pecho y lo abrazó.
Leyla miró a Marco con una sonrisa, y susurro:

– “Nos vestimos??. Creo que no te has terminado el café”

 
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